Friday, October 21, 2005

Convivencia Escolar Democrática: aprendiendo a vivir juntos

La comunicación dentro de la organización educativa, incluyendo aulas, espacios de esparcimiento, bibliotecas, etc., es un aspecto fundamental en las relaciones cotidianas que se dan entre profesor y alumno, a tal punto, que ha sido considerada como la necesidad más básica además de la supervivencia física (Ribeiro, 1996). Ella está presente en todos los aspectos del hombre, siendo esencial para muchas profesiones (Zacharis,1993), especialmente en la de educador.

En el proceso educativo, la comunicación constituye parte importante, primordialmente en esta época en que el sistema de instrucción para propiciar el conocimiento, necesita que surjan entre profesores y alumnos, relaciones interactivas (Rietveldt, 1998). Las relaciones interactivas profesor-alumno se producirán de manera favorable en la medida en que entre ellos fluya una comunicación efectiva y recíproca. Por esta razón, merece especial atención la consideración de la comunicación como parte de los elementos básicos que permiten entender los procesos de interacción alumno-profesor, los cuales, naturalmente, contribuyen a una convivencia escolar sana y democrática. Al respecto, Martínez (1998 citado en Baeza, 2002) planteó que es importante aprender a escuchar a el lenguaje espontáneo de los alumnos. Esto quiere decir que el profesor tiene la obligación de conocer la variedad de registros que manejan los alumnos, de manera de generar a través de las conversaciones un acercamiento, el cual, finalmente resultará en una mejor calidad en los aprendizajes. Este mismo autor también plantea que dicha situación simplemente se da por un desconocimiento de las formas de expresión juvenil.

Dentro de este contexto, y dado que la perspectiva interaccionista postula el carácter dialéctico del conocimiento, y el medio educativo es centro neurálgico de estas relaciones, el discurso ha de ser considerado como lenguaje-en-acción, o lenguaje como medio para lograr fines cognitivos y sociales. (Vera, 2005). Esto implica que para que se produzcan aprendizajes efectivos, el profesor ha de acercarse primero al alumno desde sus intereses y mundo interior para desde allí comenzar su labor pedagógica. Resulta, entonces, esencial que las interacciones produzcan un conocimiento social que les permita a ambos actores validarse mutualmente. En este sentido, en el seno de dichas relaciones se verifican dos oficios: el oficio de profesor y el oficio de alumno. Baeza (2002) señala que “el oficio aluden a una actividad donde lo importante y fundamental, más que la forma coherente y racional de ejercer determinada actividad, es el resultado al cual se llega”. Esto naturalmente supone un proceso de enseñanza y aprendizaje al interior de la organización educativa que permita a ambos actores construir relaciones afectivas, pues sin una vinculación afectiva no es posible que tomen lugar aprendizajes de calidad.

De acuerdo a Sirota (1993 citado en Baeza, 2002), la expresión “oficio de alumno”, utilizada por la Sociología de la Educación, pone el énfasis en el análisis de los procesos de socialización. La socialización se entiende el “proceso mediante el cual se inculca la cultura a los miembros de la sociedad, a través de él, la cultura se va transmitiendo de generación en generación, los individuos aprenden conocimientos específicos, desarrollan sus potencialidades y habilidades necesarias para la participación adecuada en la vida social y se adaptan a las formas de comportamiento organizado característico de su sociedad” (Milazza, Santamaría y Quintanilla, 2000, Concepto de Socialización, 2).

En consecuencia, dado que la escuela es una de las principales instituciones socializadoras, la calidad de las interacciones que se dan dentro de la convivencia escolar, es esencial para que fluya el proceso de enseñanza y aprendizaje dentro de un marco de respeto por los demás. Esto implica que el profesor ha de colocarse en el lugar de los alumnos para llegar a entender sus intereses, motivaciones y frustraciones y hacerlo participante activo de dicho proceso. Por tanto, el quehacer pedagógica ha de considerarse como el ejercicio de la plena democracia, pues la escuela no sólo ha de ser la depositaria de la sabiduría humana sino también reflejar las realidades que la sociedad actualmente enfrenta en pleno proceso de globalización.

Una educación sin alma y protagonismo por parte de ambos actores carece de toda significación y sólo queda relegada a una institución instruccional formadora de seres, que meramente repiten conocimientos, pero que son incapaces de asimilarlos y hacerlos propios. Por lo tanto, una medida urgente es la democratización de la enseñanza, y aquí es preciso remitirse al concepto rousseauniano de democracia, como el gobierno de todos, una vez que todos han alcanzado la libertad moral. La escuela en este sentido ha de acompañar a los alumnos a lograr dicha libertad moral, no sólo a través de la entrega de valores y principios morales sino que a través del involucramiento efectivo de estos en el quehacer educativo. Ambos, por ende, han de comprender y dimensionar el rol que les cabe jugar al interior de esta gran institución de la humanidad, actuando como seres civilizados que pueden dialogar y entenderse a pesar de los disímiles códigos sociolingüísticos que estos manejan.

Referencias Bibliográficas

Baeza, J. (2002). Leer desde los alumnos(as), una condición necesaria para una convivencia escolar democrática (Educación Secundaria un camino para el Desarrollo Humano). Santiago: UNESCO, pp. 163-184.

Milazza, L.; Santamaría, E. & Quintanilla, M. (2000). Socialización, 1. Extraído el 17 de octubre, 2005 de http://www.monografias.com/trabajos12/social/social.shtml

Vera, F. (2005, Agosto 10). Aplicaciones del Interaccionamismo Simbólico en Clases de Inglés. El Rancagüino, p21.

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